Errores habituales en los informes periciales: confundir opiniones con hechos
Hace unas semanas me llegó un informe pericial que calificaba una embarcación como prácticamente innavegable. Al revisar los fundamentos técnicos de aquella afirmación me encontré con algo que, por desgracia, no es tan infrecuente como debería: muchas conclusiones y muy pocos datos objetivos que permitieran sostenerlas. Aquello me recordó una lección que llevo años viendo repetirse tanto en los tribunales como en la mediación: la importancia de distinguir entre lo que observamos y lo que interpretamos.
Cuando un asunto llega a los tribunales, el abogado necesita argumentos sólidos. Y el juez necesita algo aún más importante: hechos.
Sin embargo, uno de los errores más habituales que encuentro al analizar informes periciales consiste en mezclar observaciones objetivas con interpretaciones subjetivas, hasta el punto de que a veces resulta difícil distinguir qué se ha medido realmente y qué es simplemente una valoración personal del perito.
Puede parecer una cuestión menor, pero no lo es.
De hecho, muchas veces es precisamente ahí donde se juega la credibilidad de un informe.
¿Qué espera realmente un juez de un informe pericial?
Un informe pericial no existe para demostrar que una de las partes tiene razón.
Existe para ayudar al tribunal a comprender una realidad técnica que requiere conocimientos especializados.
Por eso, cuanto más objetivo es un informe, más útil resulta para todos: para el abogado que debe defender una posición, para la parte que lo encarga y, sobre todo, para quien debe tomar la decisión final.
Cuando un perito afirma que algo está mal, surge una pregunta inmediata:
¿Cómo lo sabe?
Y esa pregunta suele tener una respuesta sencilla:
- Porque lo ha medido.
- Porque lo ha ensayado.
- Porque lo ha calculado.
- Porque lo ha comparado con una norma o un criterio técnico concreto.
Si no existe alguno de esos elementos, conviene ser prudente con las conclusiones.
Ver no siempre significa demostrar
Todos observamos la realidad a través de nuestros propios filtros.
Dos personas pueden mirar exactamente la misma situación y llegar a conclusiones completamente diferentes.
Por ejemplo:
- Una soldadura puede parecer visualmente deficiente.
- Una deformación puede llamar la atención a simple vista.
- Un acabado puede parecer poco cuidado.

Pero la pregunta relevante desde el punto de vista pericial no es si algo «parece» correcto o incorrecto.
La pregunta es:
¿Cumple o no cumple un criterio técnico verificable?
Y para responderla hacen falta:
- Datos.
- Mediciones.
- Ensayos.
- Normativa aplicable.
- Comparaciones objetivas.
Sin ellos, corremos el riesgo de transformar una impresión en una conclusión.
Un caso real
Hace poco tuve ocasión de analizar un informe pericial emitido en el ámbito naval. El documento concluía que una embarcación reparada no cumplía los estándares de la industria y que existían importantes deficiencias que afectaban a su aptitud para el servicio.
Hasta aquí, nada fuera de lo habitual. Los peritos estamos precisamente para analizar y, cuando procede, discrepar.
Lo interesante apareció al revisar los fundamentos técnicos de esas conclusiones.
Por ejemplo, el informe afirmaba que determinadas deformaciones observadas en el casco eran indicativas de una reparación deficiente. Sin embargo, no aportaba mediciones de dichas deformaciones ni las comparaba con tolerancias admisibles establecidas por reglamentos o normas técnicas.
En otro apartado se calificaban diversas soldaduras como defectuosas por presentar supuestos sobrellenados, irregularidades o defectos superficiales. Sin embargo, tampoco se incluían medidas de convexidad, altura de refuerzo, profundidad de socavados, cuantificación de porosidades o referencias a criterios de aceptación que permitieran determinar objetivamente si esas soldaduras eran aceptables o no.
Incluso se atribuían posibles defectos internos de soldadura sin que constaran ensayos específicos que permitieran verificarlos.
No estoy diciendo que las observaciones fueran necesariamente incorrectas.
Lo que digo es algo mucho más sencillo: una observación no equivale automáticamente a una conclusión.
- Ver una deformación no demuestra que exista un problema estructural.
- Ver una irregularidad superficial no demuestra que una soldadura sea inaceptable.
Y afirmar que algo incumple los estándares de la industria exige identificar cuáles son esos estándares y demostrar objetivamente el incumplimiento.
Ese es precisamente el papel de una pericia rigurosa.

Un principio que también aparece en la Comunicación No Violenta
Curiosamente, este mismo fenómeno no aparece únicamente en el ámbito pericial.
Marshall Rosenberg, creador de la Comunicación No Violenta (CNV), insistía en la importancia de distinguir entre observación y evaluación.
No es lo mismo decir:
«Los platos llevan tres días sin limpiar en el fregadero»
que afirmar:
«Eres una persona guarra e irresponsable.»
La primera frase describe un hecho observable. La segunda contiene una interpretación. La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la calidad de la comunicación. En los informes periciales ocurre algo parecido.
No es lo mismo escribir:
«Se observa una deformación de 8 mm medida respecto al plano de referencia.»
que afirmar:
«La estructura presenta deformaciones inaceptables.»
La primera afirmación aporta información. La segunda aporta una conclusión que, para ser sólida, debería apoyarse en criterios técnicos objetivos.
También el Método Harvard insiste en ello
Este principio tampoco es exclusivo de la mediación o de la pericia judicial.
En el conocido método de negociación desarrollado por la Universidad de Harvard y difundido mundialmente por William Ury y Roger Fisher en el libro Getting to Yes, aparece una recomendación fundamental:
utilizar criterios objetivos.
Cuando una negociación se basa únicamente en opiniones, percepciones o posiciones personales, suele convertirse en una discusión interminable.
Sin embargo, cuando las partes pueden apoyarse en estándares externos, datos verificables, referencias técnicas o criterios aceptados por todos, resulta mucho más fácil encontrar soluciones.
La lógica es sencilla.
Si dos personas discuten sobre quién tiene razón, probablemente seguirán discutiendo.
Si ambas analizan los mismos datos objetivos, la conversación cambia.
Lo mismo sucede en una sala de vistas.
Qué diferencia a un buen informe pericial
En mi experiencia, los informes que generan más confianza suelen compartir varias características:
1. Separan claramente los hechos de las opiniones
El lector puede identificar con facilidad qué se ha observado, qué se ha medido y qué conclusiones se derivan de ello.
2. Explican el criterio utilizado
No basta con afirmar que algo es correcto o incorrecto.
Es necesario indicar respecto a qué norma, reglamento, procedimiento o criterio técnico se realiza esa valoración.
3. Reconocen las incertidumbres
La realidad técnica rara vez es completamente blanca o negra.
Cuando existen limitaciones, hipótesis o aspectos no verificables, es importante explicarlos con transparencia.
4. Evitan exageraciones
Un informe sólido no necesita dramatizar.
Los hechos bien documentados suelen hablar por sí solos.
5. Permiten que cualquier tercero llegue a conclusiones similares
La fortaleza de una pericia no está en la autoridad del perito.
Está en que otro profesional cualificado pueda revisar los datos y comprender cómo se ha llegado a las conclusiones.
Una reflexión que va más allá de los tribunales
Con los años he llegado a una conclusión que va mucho más allá de la ingeniería naval o de los tribunales.
Las personas solemos confundir con frecuencia lo que observamos con la historia que construimos sobre lo observado.
Lo hacemos en los informes técnicos.
Lo hacemos en las negociaciones.
Lo hacemos en nuestras relaciones personales.
Y también lo hacemos cuando surge un conflicto.
Por eso valoro tanto los enfoques que nos invitan a volver a los hechos. Lo propone Marshall Rosenberg en la Comunicación No Violenta cuando distingue observaciones de evaluaciones. Lo propone William Ury cuando recomienda apoyarse en criterios objetivos para negociar. Y es exactamente lo que debería hacer cualquier informe pericial que aspire a ayudar realmente a un abogado o a un juez.
Porque las opiniones pueden enfrentarse indefinidamente.
Los hechos, cuando están bien acreditados, suelen aclarar el camino.
A veces esa verdad técnica favorecerá la posición de quien nos contrata. Otras veces no. Pero el trabajo de un perito no consiste en tener razón ni en construir un relato conveniente. Consiste en ayudar a que la realidad técnica sea más visible para quienes tienen que tomar decisiones.
Conclusión
En los tribunales, como en la vida, las opiniones tienen su espacio. Pero cuando llega el momento de decidir, lo que realmente marca la diferencia son los hechos. Y cuanto mejor medidos, contrastados y explicados estén esos hechos, más cerca estaremos de una decisión justa.
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